domingo 17 noviembre 2019
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Escuela de Atletismo del distrito de Fuencarral - El Pardo
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Miguel Arenas finaliza la Ultra Trail de Los Castillos

Miguel Arenas finaliza la Ultra Trail de Los Castillos

Que mejor crónica que la del propio Miguel Arenas contándonos su hazaña. Aquí os dejamos con su vivencia. Enhorabuena Campeón!!!

 

Ante el inequívoco deterioro en las marcas, lógico si se piensa que vamos cumpliendo años, se pueden tener dos posturas: asumirlo y pensar que somos afortunados por poder seguir haciendo lo que nos gusta o rebelarnos buscando retos que nos sigan dando excusas para aparentar que los años no pueden con nosotros.

La primera alternativa es la realista y la que deberíamos adoptar usando la cabeza, pero yo apuesto por la segunda. Sé aceptar que año a año, me vayan cayendo minutos de más en las pruebas que afronto, pero necesito pensar que puedo atacar otras “aventuras”.

Para observar cómo me desgasto, este año ya tengo  el campeonato de España veteranos de 100 km, que espero no suspendan en Octubre.

Para poner a prueba mi capacidad de seguir inventando retos, este año toca:

  • Ultra Trail de los Castillos, prueba de montaña con alrededor de 2.000 metros de desnivel por etapas de 40 y 35 kilómetros en dos días con apenas doce horas de recuperación en medio.
  • 50 kilómetros de subida al Veleta, ascendiendo desde Granada hasta llegar aproximadamente a 3.000 metros de altura (7 de agosto).

La primera de ellas la superé el pasado fin de semana y os dejo a continuación una breve crónica con algunas anécdotas, reflexiones y conclusiones.

El sábado a las nueve de la mañana me subía al coche para que me llevaran hasta el Sacro Convento del Castillo de Calatrava donde a las 14:00 daban la salida. La carretera de ascenso al castillo no auguraba nada bueno ya que por ella había que descender en la salida de la primera etapa y por ella había que finalizar la segunda etapa.

Salvada la salida que como ya he dicho era realmente peligrosa, cuesta abajo, con empedrado mojado por la lluvia que empezaba a caer, nos aguardaban 20 kilómetros entre campo a través y caminos, pero muy “corrible”. Lo peor la lluvia que empezaba  a arreciar. Hasta aquí el primer error, creer que los 20 kilómetros eran la mitad de la primera etapa y que podría doblar las menos de dos horas empleadas hasta ahí. A partir del kilómetro 20, empezaban las cuestas con desniveles importantes, caminos poco practicables con laderas de piedras y encima lloviendo cada vez más. Lo peor alrededor del kilómetro 30 cuando incluso te cuesta andar y solo te queda pensar en que cada paso que das es un paso menos que te queda y que lo último es detenerse. Tras parecer increíble coronas, por fin, una cima entre montañas. El camino se recupera y el cuerpo le sigue miméticamente en esa recuperación.

Piensas que te quedan pocos kilómetros, aplicas la técnica “caco” (caminar, correr) y de repente ves el pueblo final de etapa: Huertezuelas. Pero lo ves debajo de una ladera, muy, muy abajo. Para sorpresa final, aunque era de esperar, el camino se acaba y aparece un descenso vertiginoso, y sigue lloviendo y aquello resbala y resbala. Te adelantan algunos “locos” que se tiran ladera abajo como si estuvieran disfrutando, mientras tú vas reteniendo y haciéndote papilla los cuádriceps. Curva izquierda y bajar, curva derecha y bajar, así un buen rato. Tras un largo descenso, ves por fin el asfalto del pueblo y te dejas llevar hasta la meta.

En ese momento diluvia. Mezcla de sentimientos, lo has pasado mal, pero has llegado, unos aplausos te reciben mientras te meten en un patio a cubierto y te sueltan cervezas y bocadillos.

Ahora empieza la otra parte de la aventura, las tiendas de campaña para pasar noche, se han inundado y nos tiene que realojar en las aulas del colegio. Estiras, preparas el saco de dormir, te aseas como puedes y tranquilizas vía Whatsup a la familia.

A las 9 de la noche nos dan la cena, puedo aseguraros que tomé la mejor caldereta de cordero de mi vida y me volví a meter dos cervezas al cuerpo.

A las 10 a la cama, tod@s juntos en dos aulas, entre ronquidos y no encontrar la postura en el saco, te dan las 6 de la mañana, y toca levantarse y coger sitio en el baño.

A las 7 el desayuno, luego volver a hacer el petate, dejarlo en la furgoneta, preparar los avituallamientos, ponerte la segunda ropa de competición, guardar el dorsal destrozado en la mochila y confiar en que el chip que va en él, llegue a meta.

A las 9 de la mañana, dan la salida de la segunda etapa, advierten que la lluvia ha podio borrar algunas de las señalizaciones, pero que es muy difícil perderse, no saben que yo soy un especialista en ello. La mejor decisión que tomo es decidir que debo pegarme a alguien, así que busco al otro “abuelo”, uno de los locos que me adelantó en la última cuesta abajo, y le digo que voy a ir con él.

La experiencia de esta segunda etapa fue distinta. Se cambió la lluvia por el sol y a eso de las doce empezó a apretar de lo lindo. Y yo siguiendo al especialista, si el andaba yo andaba si él se tiraba cuesta abajo, yo detrás. Pasamos hasta un río y muchas zonas embarradas por la lluvia de la noche anterior. Algún momento de patinaje y varios kilos de barro en las zapatillas, hasta que “golpe a golpe” te los logras quitar.

Esta etapa era más de toboganes y el ritmo se interrumpía continuamente. Así transcurrieron 27 kilómetros y nos plantamos en las faldas del castillo, ahí ya no pude seguir el ritmo del “abuelo” y me cayeron otros dos minutos en esta ascensión.

Un último acto de orgullo para que mi  mujer me viera entero en meta, me coloqué el maltrecho dorsal, me atusé como pude y encaré la última rampa y entre corriendo en meta 9 horas, 35 minutos y 32 segundos acumulados en las dos etapas. Decimoquinto de la general y segundo de superveteranos (¡éramos dos!).

El premio es lo mejor, una medalla de “finisher” y un árbol dedicado en Aldea del Rey.

Una más al saco.




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